Suplemento Solidario de La Nación
(sábado 15 de octubre de 2005)

Resulta imperioso derribar los muros
de la segregación

Es tiempo de tomar acciones concretas

Ya nadie desconoce en el mundo civilizado el derecho de las personas con necesidades especiales o, para decirlo corto, con discapacidad, a gozar de una vida de calidad con plena integración a todos los ámbitos de la sociedad. Sin embargo, a pesar de los avances, parecería que nos encontramos desde hace años, al menos en la Argentina , en una grave meseta que no sólo significa detención, sino verdadero retroceso.

Muchas de nuestras ciudades exhiben rampas en las calles y, sin embargo, es raro ver personas con discapacidad transitando por ellas, como lo es encontrarlas en actividades cotidianas a pesar de que, según estadísticas internacionales, entre el siete y el diez por ciento de la población tiene alguna discapacidad. ¿Son invisibles? ¿Dónde están?

No, no son invisibles. Pero las estrategias sociales y su traducción en políticas públicas han generado una suerte de esquema según el cual les asignamos un lugar que puede estar pintado de los mejores colores, pero que no está junto y entre todos, sino aparte, segregado.

Otra estrategia es también posible: no apuntar sólo a los efectos de la discriminación, sino atacar sus causas: lograr el cambio cultural, el cambio de conductas individuales y colectivas que nos permitan dar un salto cualitativo precisamente en pos de una mejor calidad de vida.

Así lo decimos en la Asociación Síndrome de Down de la República Argentina (Asdra), nuestro objetivo es extinguirnos, que no seamos más necesarios.

Como padre que tuvo que recibir la noticia de que uno de sus hijos había nacido con discapacidad, me enfrenté a esa realidad justo en ese momento. ¿Cómo habría sido si hubiese tenido compañeros con discapacidad en mi colegio o en mi trabajo?

El empleador que tiene que dar trabajo a una persona con necesidades especiales, ¿tendría el mismo temor si él mismo hubiese crecido y se hubiera formado en compañía de la discapacidad?

Los docentes de nuestras escuelas comunes, ¿no se habrían capacitado en la escuela de la vida para atender la enseñanza en la diversidad?

Abrir los ojos

El gran fertilizante de la discriminación es la ignorancia. Temo a lo que desconozco y rechazo lo que me es ajeno. La escuelas especiales, segregadas del resto de la comunidad educativa, han cumplido una elogiable y noble labor: Enseñar a nuestros hijos con necesidades especiales.

Los talleres protegidos les dieron la posibilidad de tener un oficio y actividad, los sacaron de un denigrante ocio. Sin embargo, ese sendero arroja un resultado hoy día inaceptable: el 95% de las personas con discapacidad no tiene empleo. Y lo que es peor, son poquísimas las posibilidades ciertas de conseguirlo aun cuando la tasa de desempleo general mejore sustancialmente para el resto de la población.

Es hora de que la Educación Especial supere el encierro que le imponen las paredes de una escuela segregada y se convierta en una oportunidad para que muchos niños y jóvenes que tienen necesidades educativas especiales puedan mejorar sus oportunidades de integración; de que las políticas públicas les den a nuestros hijos con discapacidad la real posibilidad de gozar del derecho a la autonomía; de que los talleres protegidos tengan puerta de entrada y de salida, que sean también centros de capacitación y de apoyo al trabajo en el mercado laboral abierto.

Es hora de proponer a las empresas acciones de responsabilidad corporativa para superar las causas de la situación descripta y no sólo para paliar sus efectos, y de advertir también que hay intereses en que nada cambie.

Hay recursos que bien asignados generarían un cambio copernicano en la realidad de nuestras aulas. La ley de financiamiento educativo es una buena oportunidad para mejorar sustancialmente el presente.

Y la buena canalización de las acciones de responsabilidad social empresaria podrían cerrar el círculo virtuoso en poco tiempo. La escuela y el trabajo cambian la cultura, la respuesta social a una determinada situación. Eso es lo que necesitamos.

Los que tenemos un compromiso real con la discapacidad ofrecemos nuestro esfuerzo, participación activa y contención, pero aguardamos las decisiones. Nuestros hijos, una oportunidad.


Por Luís Bulit Goñi
Para la Fundación LA NACION


El autor es abogado, master en Administración y Políticas Públicas, y presidente de Asdra

 

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