LA RESPONSABILIDAD SOCIAL NO PUEDE SER UNA MODA PASAJERA
Sembrar falsas expectativas y recoger frustraciones son los riesgos más visibles de cualquier empresa que desee trabajar estrechamente con las comunidades. Si se advierte, además, que quien da está en ventaja frente al que recibe, y que los seres humanos son vulnerables y emotivos, surge la interrogante ¿cómo alcanzar logros y beneficios compartidos? Graciela Pantin, socióloga y gerente general de la Fundación Polar, afirma que no puede haber imposiciones de una institución a otra, que los proyectos de responsabilidad social se tienen que definir, al menos, “a cuatro manos” y que la capacidad de concertar sólo se alcanza mediante la capacidad de diálogo y de escuchar. –¿La responsabilidad social de las empresas es una moda o un compromiso de sus empleados y accionistas? –Se ha convertido en una moda, y en ese sentido es algo pasajero, pero el compromiso que tienen las empresas con su entorno –regional, nacional e internacional, dependiendo de su impacto– es un concepto que tiene bastante tiempo y se ha cumplido, en distintos espacios, por diferentes empresas. Hay un aspecto coyuntural que, en mi opinión, tiene que ver con lo que ha ocurrido recientemente con algunas empresas estadounidenses, que fueron cuestionadas en sus resultados por auditorias externas. A partir de ese momento, el tema de la transparencia se volvió más exigente y como parte de él las relaciones que las empresas tienen con otros factores de la sociedad y su entorno inmediato. Las empresas, como cualquier ciudadano, son parte de una sociedad y como tal tiene derechos y deberes. –¿El hecho de que se convierta en una moda, no banaliza el concepto de responsabilidad social? –Tiene ese peligro, tiene esa amenaza y por eso hay que tener mucho pudor cuando se habla de este tema, porque realmente es importantísimo. Es algo que tiene que estar en la mentalidad de los empresarios y de quienes forman parte de una empresa, entre otras cosas, porque las empresas son personas. Es un tema al que debe dársele la importancia y la relevancia que tiene, porque se trata de actuar de una manera responsable en muchos aspectos: responsable con tus impuestos, con tus empleados, con el ambiente, con el entorno social, con el entorno político. El lema “the bussines of bussines is bussines” dejó de tener sentido hace muchos años, pero todavía está en la mentalidad de muchos empresarios. Ahora, (la responsabilidad social) sale a la palestra bajo este ropaje, si se quiere publicitario, y agarra desprevenida a muchas empresas, incluso con las manos vacías. Diría que aún así no es del todo negativo, porque lo importante es que la gente tome conciencia de la responsabilidad que debe tener como cualquier componente del macro sistema social. Pero eso no puede ser parte de una ola, de una moda, porque se convierte en algo superficial y pasajero. –¿Resultaría contra la ética que una empresa posicione su marca o sus productos como parte de la responsabilidad social? –Tan lineal, como lo sugiere, no lo es. Allí hay gradaciones entre lo que se conoce como el compromiso social y la forma en que las empresas se relacionan con un grupo de consumidores emergentes, que por lo general están en estado de pobreza. Son dos cosas muy distintas. El compromiso social está bien lejos de tu producto. Está dirigido al bien común y comprometido con unas causas profundas de participar, de contribuir o ayudar, en la solución de problemas sociales. Cuando se busca impactar al medio social con una marca, es otro asunto. Siempre que se tenga claridad, que sepas en dónde estás parado, habrá transparencia en las formas de trabajo. Creo que a veces se confunden esas dos cosas. Diría que la participación empresarial responsable es aquella en la que una empresa tiene una política muy clara en cuanto a su responsabilidad social y el desarrollo de productos vinculado a un valor social. Si se tiene claro uno y otro concepto, creo que las cosas van a ir muy bien. –Si el componente que prevalece es la moda. Las diferencias que usted acaba de señalar se difuminan. ¿Eso está pasando en Venezuela? –No sólo en Venezuela, la moda es mundial. Este tema está en boga en portadas de revistas, en libros y ha dado para muchos negocios. Hay speakers, hay conferencias, en las que se mueve mucho dinero. Ahora, el tema de que empresas vinculen sus productos a un valor de incidencia social, como ellas mismas, es muy peligroso, porque tú puedes engañar a una persona una vez, pero no puedes engañarla muchas veces. Un producto es bueno en sí mismo, tenga o no la empresa un compromiso social. Parte de la responsabilidad social es hacer un producto de calidad. Al cliente no se le puede engañar con un precio falso o con una etiqueta que no se corresponda con las características de un producto. Eso, tarde o temprano, el cliente lo advierte. –¿Una empresa puede participar en proyectos de responsabilidad social vinculados a políticas del Estado? –Claro que sí. Estudios recientes señalan que la mayoría de la población piensa que el Estado debe ser el garante del bienestar de todos. Nuestro bienestar depende solamente del Estado. Se deja muy poco espacio para la gestión individual. Pero también señala que las empresas, al igual que el Estado, deben ser garantes del bienestar social. Realmente, la empresa debe contribuir con el Estado, pero nunca sustituirlo, ni duplicarlo, ni competir. La empresa privada debe contribuir, en tanto y cuanto haya reglas del juego que se respeten, en tanto y cuanto se definan responsabilidades. Es la fórmula para un matrimonio exitoso, que se debe dar. –El ámbito colectivo necesariamente conlleva a la acción política. ¿Las empresas delimitan su acción política? ¿Saben cómo, cuándo y con quiénes van a participar? –Debería ser así. Una acción que parta de un análisis muy profundo, de un conocimiento lo más cercano y certero de la realidad, de saber sus posibilidades, sus fortalezas y debilidades y dónde puede hacerlo. –¿Esa participación debe circunscribirse a proyectos socialmente universales, socialmente posibles? –Esos proyectos deben estar imbricados en la misma razón de ser empresarial, casi en sus estatutos. Eso es lo que le garantizaría honestidad, transparencia y un compromiso firme con la sociedad. Eso no puede responder a una campaña publicitaria pasajera. Tiene que estar imbricada, repito, en su razón de ser como empresa, en la vocación de sus líderes, de sus accionistas, de su personal y de todo aquel que tiene que ver con la empresa. Es algo que tiene que pensarse como un plan de inversión o como un desarrollo de sus recursos humanos. No puede dejar ese plan en manos deuna oficina de comunicaciones, a una agencia de relaciones públicas. Hay que darle un espacio institucional, organizativo y administrativo propio. De primera línea. Del core bussines de la empresa. –La responsabilidad social exige una vinculación con el entorno, con la gente y con sectores organizados. ¿Cómo se establece ese diálogo? ¿Cuáles son las condiciones para que ese diálogo sea fructífero? –No es fácil, porque puede haber conflicto de intereses, en especial cuando se confunden los ámbitos y las líneas de acción y, particularmente, las competencias. Hay debilidades de lado y lado. Las empresas, por ejemplo, a veces le ponen sordina a ciertas cosas, mientras las comunidades y los sectores organizados no siempre están consolidados, tienen objetivos de corto plazo y actitudes voluntaristas. Eso no les da una sustentabilidad en cuanto a desarrollos de largo plazo. Pero también hay fortalezas y trabajar en ellas toma tiempo. Sólo mediante el diálogo y la capacidad de escuchar se alcanza el desideratum de trabajar juntos. –El largo plazo es un verdadero desafío en Venezuela. ¿Qué genera ese reto? –Un entrenamiento de día a día. Día vivido, día ganado. La empresa, quizás, tiene un sentido de más largo plazo, entre otras cosas, porque una comunidad se vincula a problemas específicos y concretos. La empresa está entrenada a planificar, a evaluar, a conducir y a recabar impactos, ya sea por el lanzamiento de un producto o el desarrollo de una marca y eso es un saber que se puede compartir con las organizaciones sociales. El largo plazo hay que hacerlo sentir. Si una empresa se compromete con un proceso de transformación social, de ayuda, tiene que saber que ese compromiso es de mediano y largo plazo, porque los impactos sociales no son inmediatos. Eso toma tiempo. –¿Quién define un proyecto de responsabilidad social? ¿Una empresa? ¿Una comunidad? ¿El gobierno? –Tiene que ser a cuatro manos, por lo menos, porque vas a concertar un dar y recibir. Y hay una cosa muy peligrosa, hay que tener muchísimo pudor en eso: el que da está en una posición ventajosa que el que recibe y eso puede llevar a la imposición de una institución sobre otra. Es lo que muchas veces se olvida. El espacio hay que definirlo, al menos, entre dos, es el mejor antídoto contra las frustraciones, contra las falsas expectativas. Ese espacio de responsabilidad debe dejarse libremente bajo criterios de respeto mutuo, de dialogar, saber escuchar y demostrar flexibilidad, de evaluación permanente, de que se ataquen causas y no consecuencias, de ciertas premisas que ayuden a que esto esté claro y conduzca a un buen fin. –¿Cuál es el proyecto en el que se ha involucrado que le ha dado mayor satisfacción? Aquellos en que hay mayor contacto con la gente. En los últimos cinco años, hemos trabajado estrechamente con las comunidades, han sido proyectos muy exigentes, muy difíciles, pero también han sido los más gratificantes. Estás trabajando con personas directamente. El ser humano es emotivo, es vulnerable. Tenemos ritmos y expectativas distintas. Son procesos de negociación largos, porque no es fácil ceder. Pero cuando adviertes un logro, es muy reconfortante.
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